sábado, 26 de octubre de 2013

Terror psicológico - Los últimos días de la especie humana

Yo antes era una persona normal, un chaval de 17 años, estudiante de segundo de Bachiller con miras al futuro, pero todo empezó a cambiar aquel día y ahora en cuestión de minutos me convertiré en uno de ellos, aquel 21 de diciembre de 2012, el fin del mundo… Nunca me tomé en serio la idea de que el mundo tenía fecha de caducidad, de que el mundo dejara de existir de la noche a la mañana tras miles de millones de años de existencia. Ahora no puedo decir lo mismo, lo he visto todo, he sido testigo de muchas cosas así que empezaré por el principio.

El día amaneció bastante nublado y justo al salir de mi casa comenzó a llover por lo que cuando llegué al Instituto estaba completamente empapado. Las tres primeras horas transcurrieron con relativa tranquilidad, no sucedía nada que se saliera de lo normal, sonó la campana del recreo y como de costumbre todos los alumnos salimos al patio pero la lluvia no había remitido aun. Mientras hablaba con mi compañero sobre lo difícil que había resultado el examen de Física la lluvia cesó de repente, las nubes desparecieron por arte de magia y el cielo se iluminó por completo. Era una luz verdosa y por alguna extraña razón, el simple hecho de mirarla hacía que se me revolviera el estómago. Parecía como si poco a poco todo el cielo se estuviese concentrando en un solo punto y lo que antes era verde, ahora volvía a nublarse. Finalmente solo quedó un punto iluminado en el cielo, un punto que parecía acercarse hacía nosotros. En milésimas de segundos, una gran roca cayó sobre el patio del recreo. Se trataba de un meteorito poroso de unas grandes dimensiones, tendría aproximadamente el tamaño de un autobús, y de cuyo interior parecía proceder una luz verdosa muy similar a la que antes cubría el cielo. Por desgracia, la roca cayó sobre un grupo de alumnos que se encontraban jugando al fútbol en ese momento. No se sabe nada de ellos, pues la roca no ha sido movida desde entonces. Rápidamente, todos los alumnos del instituto se aglutinaron en torno al pedrusco y los compañeros de los desafortunados, lloraban horrorizados ante la estampa que tenían delante. En pocos segundos aparecieron los profesores, que se llevaron las manos a la cabeza al ver aquello. No decían nada. Nadie sabía que acababa de ocurrir.

 Si antes me dolía el estómago, tras ver aquello, el dolor se hizo muchísimo más insoportable, así que fui a los lavabos del instituto a ver si se me pasaba. Cuando entré, me desplomé en el suelo. 

No sabía cuánto tiempo había pasado desde que perdiera la conciencia, pero ahora me encontraba mucho mejor que antes. Salí de nuevo al patio pero para mi sorpresa no había absolutamente nadie. La piedra seguía allí y la luz verdosa que antes salía de su interior parecía haberse apagado. Me acerqué lentamente a ella para observarla más de cerca y entonces divisé un gran charco de sangre. Del charco salían unas pisadas que iban directamente al interior del Instituto, así que decidí volver a entrar, necesitaba hablar con alguien, no entendía nada de lo que estaba ocurriendo y quizás esa persona podría ayudarme. Los pasillos del Instituto también estaban desiertos y yo continué siguiendo el rastro de sangre que había en el suelo. De repente las luces se apagaron, y pese a que era de día, no se veía casi nada debido a que el cielo seguía poblado de nubes. Estaba empezando a tener miedo así que decidí dar media vuelta y volver por donde había venido. Salí de nuevo al exterior y para mi sorpresa hallé una figura que se erguía en el centro del patio. Se encontraba de espaldas a mí, y a juzgar por su largo pelo parecía una de las alumnas del instituto. Estaba sola, mirando a la roca, tenía el pelo revuelto y algo de sangre en una pierna. Parecía herida, así que supuse que la sangre del suelo era de ella. Me acerqué y cuando me encontraba a unos metros de ella, se giró hacia mí. Al ver su rostro me quedé de piedra. No era una persona normal, tenía los ojos desorbitados, la boca llena de sangre, el pelo arrancado al igual que algunas partes de su cuerpo; tenía heridas por todo su cuerpo, la camiseta arrancada, su piel parecía la de una anciana y por la expresión de su cara, supuse que mi presencia le había molestado. Me encontraba frente a esa cosa sin saber muy bien qué hacer. La criatura empezó a emitir unos sonidos muy extraños y de su boca empezó a salir un líquido de color verde, un verde muy similar al mismo que hace unas horas invadía el cielo y al mismo que salía del interior del meteorito. En ese momento, salí corriendo de aquel lugar sin saber si aquel monstruo me seguía, pues el terror que sentía en ese momento me impedía incluso girar la cabeza. Salté la valla del recreo sin demasiada dificultad me aleje lo más rápido posible, no sin antes volver a fijarme en aquello. Seguía acercándose hacia mí, pero no fue capaz de superar la valla que yo acababa de saltar. Su boca estaba completamente llena de esa sustancia verdosa, pero parecía que ya no segregaba más. 

Las calles estaban vacías, así que puse dirección a mi casa, que se encontraba a unos doscientos metros del Instituto. Como de costumbre, la puerta estaba abierta, así que pude entrar sin problemas. No había nadie. Este hecho hizo que me preocupara aun más, pues desde que me desmayara solo he visto a una persona, y bueno, no sé si a eso se le podría considerar persona. Ahora estaba totalmente solo, parecía como si toda la población hubiera desparecido en cuestión de… ¿En cuestión de qué? Tampoco sabía el tiempo que había permanecido inconsciente. Intenté encender la televisión, pero tampoco había electricidad en mi casa, así que me tendí en el sofá para reflexionar sobre lo que acababa de suceder. Pero el sonido de mis tripas me avisaba de que tenía hambre, así que abrí el frigorífico para tomar algo y cuando lo abrí salió del interior un hedor insoportable. La mayor parte de la comida estaba podrida, así que volví a cerrarlo inmediatamente. Fui a la despensa, donde encontré algunas latas de conserva y botellas de agua que me asegurarían una semana de provisiones. No tenía pensado volver ahí fuera por nada del mundo.

Pasaron los días y cada vez quedaban menos provisiones. Durante la semana ni siquiera me atreví a mirar a través de las cortinas, pues desde el interior de mi casa podía oír unos gemidos, que bien podían ser los mismos que emitía aquella extraña criatura que me encontré en el patio del Instituto. Quizás fuera había más de esos... Pero apenas me quedaban provisiones, así que pensé en salir e ir al supermercado del pueblo que estaba al girar la esquina. Se trataba de una tienda bastante grande, así que supuse que allí podría hacerme con algunas provisiones.

Intentando hacer el menor ruido posible, salí de mi casa. No veía la calle desde hace ya una semana y el panorama me llamó la atención. Toda la calle estaba cubierta por una espesa niebla y mis ojos solo alcanzaban a ver un par de metros más allá de mi posición. Me encaminé hacia el supermercado con bastante precaución. Guardaba en el pantalón un cuchillo que acababa de coger de la cocina, e intentaba no hacer demasiado ruido al caminar. De repente sentí como si alguien tirara de mi hacia detrás, sentí como alguien me agarraba fuertemente del brazo y como después caí al suelo golpeándome en la cabeza. Mi vista se nubló por completo, no podía distinguir nada, y empezaba a tener mucho sueño. Del golpe perdí el conocimiento, ya era la segunda vez que me ocurría en menos de una semana…
Desperté atado en una cama. No podía moverme. Estaba sólo, en una habitación oscura. Intenté pedir auxilio, pero estaba amordazado. Tampoco tenía mi cuchillo, alguien me lo había quitado. Al cabo de unos minutos se abrió la puerta de la habitación, y por ella apareció una figura. Era un hombre de unos cuarenta años, e iba armado con una escopeta de caza. El hombre me apuntó a la cabeza y me preguntó:
-"¿Eres uno de ellos?"
Yo, horrorizado ante aquella situación, moví la cabeza hacia los lados en señal de negación. El hombre, sin dejar de apuntarme, se acerco a mí y me quitó la mordaza. Entonces me dijo:
-"¿Quién eres?¿Qué haces aquí?"
Yo comencé a explicarle todo lo que había vivido a lo largo de aquella semana, pero él me interrumpió cuando le comenté que yo era uno de los alumnos del Instituto donde cayó aquel enorme pedrusco.
-"¿Hablas en serio?¿Estuviste en el lugar del accidente?"
Le transmití todo lo que sabía hasta el punto en el que me desmayé. 
-"Yo soy policía, bueno, más bien era policía, antes de que todo se fuera a la mierda. Recibimos la llamada de uno de los profesores de tu instituto y la verdad es que en un principio no nos lo tomamos muy en serio. El comisario solo envió una patrulla de cuatro hombres, entre los cuales me encontraba yo. Al llegar nos encontramos con todo aquello que me acabas de describir. Uno de mi hombres se acercó a inspeccionar la roca y entonces sucedió lo que ha originado todo esto. De uno de los cráteres de la roca salió una especie de animal verdoso de aproximadamente un metro de alto. No sé si a esa cosa se le podía llamar animal, más bien parecía un liquido denso que se movía de forma autónoma. El liquido salto sobre mi compañero introduciéndose en el interior de su boca. Él empezó a realizar gestos muy extraños, parecía haber perdido el control de su cuerpo. Se arrancó el pelo, se desgarró la piel, sus ojos se volvieron completamente blancos, y se movía de forma extraña. Para sorpresa de todos, atacó a uno de los alumnos que se encontraba más de él. Se trataba de una chica, que recibió un mordisco en la pierna por parte de nuestro compañero. La muchacha cayó al suelo y todos los alumnos del instituto salieron corriendo de la zona inmediatamente. Disparé a mi hombre, pero las balas parecían no hacerle daño. La joven comenzó a sufrir una especie de espasmos al igual que había hecho antes mi compañero, y sufrió el mismo proceso de transformación".

No podía ser, se trataba de la misma chica que hace una semana intentó atacarme.
-"Ahora hay miles de ellos, o tal vez millones". Prosiguió el policía. -"Lo cierto es que la epidemia se ha extendido con una gran velocidad. Los llamo 'caminantes', normalmente se les ve en grupo, andando sin rumbo y se alimentan de nosotros. He visto como lo hacen, primero te dan un mordisco introduciendo en tu cuerpo es sustancia verde que segregan por la boca, y luego te devoran. Al cabo de unos segundos, resucitas, pero ya no eres el mismo de antes, te conviertes entonces en uno de ellos".

Pensé entonces en mi familia y amigos ¿Estarán a salvo?. Yo seguí contándole mi historia hasta el momento en el que me encontré con él. Le dije que mi intención era ir a la tienda de comestibles a por algo de comida y me contestó:
-"¿Hablas en serio? Podría estar tomada por los caminantes, sería como entrar en la boca del lobo".
No tenía otra opción, de quedarme en casa moriría de hambre tarde o temprano.
-"Visto así, no tienes elección. A mí tampoco me queda mucha comida, pero no pienso entrar ahí ni por todo el dinero del mundo. Eso si chaval, no pienso dejarte ir sin un arma. Espera aquí, te traeré una"
Al cabo de unos diez minutos volvió a aparecer en la habitación con una Desert Eagle en las manos.
-"Era policía, así que aun guardo algunas de mis armas. Esta precisamente es una Desert Eagle y considero que es perfecta para ti. Tampoco es necesario que seas muy bueno disparando y espero que nunca la tengas que utilizar. Dispara solo cuando no tengas otra opción, esos caminantes se ponen nerviosos al oír tiros. Mucha suerte chico".

Me despedí del policía y volví a la calle. Se estaba haciendo de noche, pero por otro lado, la niebla había desaparecido casi por completo.

Llegué a las puertas del supermercado y accedí a él a través de uno de los cristales rotos del escaparate. Parecía que no había sido el único al que se le había ocurrido ir allí, pues estaba todo desordenado y por los suelos. La mayoría de las estanterías estaban vacías. Entonces vi a una persona tendida en el suelo. No parecía ser uno de esos caminantes, así que me acerqué a él para verlo más de cerca. Se trataba del guardia de seguridad, y parecía haber sido asesinado causa de un tiroteo. Me agaché y cogí su linterna, que aun parecía funcionar. Llegó la noche, y no podía identificar lo que había más allá de la oscuridad. Cogí un carrito, encendí la linterna y me adentré en lo más profundo del supermercado. Tras unos minutos, pude reunir la suficiente comida y bebida como para sobrevivir durante un mes. Fui a salir de nuevo por el escaparate, pero algo me llamo la atención. El cuerpo del guardia de seguridad había desparecido. El lugar donde antes se encontraba el cuerpo, ahora estaba ocupado por un gran charco de sangre. Observando el rastro que había dejado en el suelo, supuse que alguien lo había arrastrado y por curiosidad, seguí el rastro que se perdió tras una puerta que estaba entreabierta. Con la pistola en una mano y la linterna en otra la abrí por completo. El cuerpo del guardia estaba siendo devorado por un caminante, que se giró sorprendido por la luz que salía de mi linterna. Este, sin duda, tenía mucho peor aspecto que el de la chica del Instituto, y de sus mandíbulas aun colgaban algunas tripas. Intentó atacarme, pero actué rápido propinándole un disparo entre las cejas. El caminante cayó al suelo, y dejó de moverse. Sin embargo, lo peor estaba por venir, pues desde el interior de la habitación, podía oír como algunos caminantes se acercaban desde la calle. Cerré la puerta con mucho cuidado y la eché el pestillo desde el interior.

Fueron momentos de mucha angustia, podía oírlos recorrer los pasillos del supermercado en mi busca y algunos incluso aporreaban la puerta. Al cabo de unos veinte minutos, el sonido cesó, y los caminantes abandonaron el supermercado. Ese era mi momento, debía volver a por el carrito y huir lo antes posible. Abrí un poco la puerta para ver si el camino estaba despejado y así era. Cuando me disponía a salir de la habitación, sentí una mano agarrándome el tobillo, y posteriormente, un intenso dolor se extendió todo mi cuerpo. Procedía de mi pierna, agaché la mirada y allí estaba el guardia de seguridad, que había cobrado vida, se había arrastrado hasta mi posición, y aprovechando mi despiste, me mordió. De la boca del caminante salía el líquido verde que ya había visto en otras ocasiones, y que ahora impregnaba la herida que me había causado el mordisco. Pero el caminante seguía mordiéndome y  tanta era la rabia que me causó el mordisco, que con la otra pierna, le propiné una patada en la cabeza, y ésta se separó del resto de su cuerpo llevándose entre los dientes parte de mi pierna. El corazón se me puso a mil por hora y empecé a llorar, ya no por el dolor, si no por el echo de pensar en que me iba a convertir en uno de ellos.

En el bolsillo de la camisa del guardia pude ver una libreta y un bolígrafo,  y como ahora, en solo cuestión de minutos me convertiré en uno de ellos, estoy escribiendo esto con la esperanza de que alguien lo lea, y así poder advertir al resto del mundo que el apocalipsis se acerca…

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