Tras seis incansables horas de trabajo, suena el timbre de
las tres menos cuarto, hora de irse a casa. Pero espera, "¿Dónde vas tan rápido?" Hoy tenemos examen por la tarde. Sin duda una de las cosas que más me está
costando asimilar de Bachillerato son esos interminables exámenes de las
cuatro, esos en los que resulta más ameno estudiarlos que realizarlos.
Toda la mañana con él en la cabeza y lo único que me anima
es pensar en la siesta que me voy a pegar cuando llegue a casa o en el
bocadillo de la cafetería que me voy a cargar en cuanto pite. El mío es un buen
bollo de filete de pollo, huevo y mayonesa, toda una delicia. Los minutos
previos al examen se llevan mejor con uno de estos en el estómago.
Una vez terminado el bocata, me dirijo al SUM a pillar una
mesa libre, porque yo soy zurdo y hacer el examen en uno de esos pupitres es un
engorro. Todavía queda media hora para que empiece y no sé qué hacer. Cada vez
estoy más nervioso y decido sacar los apuntes para darles una última
ojeada. Poco a poco la clase se va llenando y el nerviosismo ahora es
generalizado. Todo queda dominado por el bullicio que se hace cada vez más
insoportable. Algunos dan vueltas, veo a otros sentados sobre sus propias mesas
con los apuntes en las manos, y mira, por allí hay uno apuntando algo sobre la
mesa.
Se hace el silencio cuando el maestro aparece por el
pasillo, todos ocupan sus sillas y guardan los libros. “Los estuches fuera,
solo quiero bolígrafo azul o negro” nos recuerda el profesor, aunque pocos
atienden a esta orden.
“¿Qué entrará?” Esta es la pregunta que ronda ahora por las
cabezas de todos. El profesor empieza a repartir y el resto de la
clase observa las reacciones de cada uno de los alumnos que van recibiendo el
examen. Unos sonríen, otros se tiran de los pelos, otros
empiezan a escribir directamente casi sin leer las preguntas, y por último
están los que le ponen el nombre y se lo entregan directamente en blanco al
profesor. “Ha caído el tema que no sabía” argumentan. Tras las últimas
indicaciones el profesor dice: “Tenéis una hora y media”. Los alumnos resoplan
insatisfechos y empiezan a escribir rápidamente.
Pasan los minutos y nada rompe el silencio absoluto, hasta
que después de mucho escribir se escucha un “adiós”. Ya ha acabado el primero y
yo miro a mi reloj para ver el tiempo que queda. Solo media hora y todavía
me falta por responder a más de la mitad las preguntas, toca resumir el contenido. Los “adiós” se
suceden y cada vez quedamos menos. Cuando pasa la hora y media me encuentro
terminando la última pregunta y con el profesor repitiéndome “Termina esa frase
y me lo entregas”. Yo en ese momento solo sé decir “Si si, solo me queda poner
el nombre”. Finalmente se lo doy y me marcho de allí lo más rápido posible,
deseando llegar a mi casa, tenderme en la cama y despejarme un poco.
Después de una ducha y una buena siesta miro el reloj y es
casi la hora de cenar. Cojo el móvil y me encuentro con algunos mensajes en
WhatsApp de compañeros de clase: “¿Cómo llevas el examen de mañana?”, “¿El
vocabulario de los temas anteriores entrará?”, “¿Estás haciendo ejercicios de Internet
para practicar?”. Es entonces cuando caigo en la cuenta de que tenemos un
examen de Inglés al día siguiente y asimilo que me queda una larga noche de
estudios. Esto es Segundo de Bachillerato.







Pues será que en ese instituto os va la marcha, porque hacer exámenes por la tarde es ilegal. Aunque todo el alumnado estuviera de acuerdo... Ah, y da igual la Comunidad Autónoma: que no se pueden hacer exámenes fuera del horario ordinario del centro.
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