Cuando somos pequeños siempre le tenemos miedo a algo y
conforme vamos creciendo, perdemos estos miedos, pero en mi caso, siempre le he
tenido miedo a la oscuridad. Ya se que puede parecer tonto, pero a mis
diecisiete años soy incapaz de estar solo en medio de la oscuridad, me siento
indefenso, me aterra. La gente especula diciendo que si es porque no me
controlo cuando me encuentro a oscuras, otros, piensan que puede deberse a
algún tipo de trauma, y otros, simplemente dicen que soy un cobarde, pero esto
no es así…
Era viernes por la tarde, y como de costumbre me dirigía a
mi casa después de las clases de Inglés.
Al llegar, encontré a mis padres en la puerta. Estaban cargando maletas en el
coche, mi padre se acercó a mí y me dijo:
-“Chico, este fin de semana lo vamos a pasar en el pueblo de
tu abuela. Tienes bastante comida en el frigorífico, y si necesitas cualquier
cosas llámanos.”
Mi padre continuó cargando maletas y yo me dispuse a entrar
en casa. Antes de entrar, mi madre se despidió de mi:
-“No te acuestes tarde, no dejes todas las luces encendidas,
no tardes mucho tiempo en bañarte, si te sientes solo, puedes traer a un amigo,
pero lo más importante, nunca dejes la puerta abierta”
La idea de quedarme solo me estremecía. Nunca había pasado
una noche sólo, ni siquiera en mi propia casa. Me quedé mirando por la ventana
hasta que mis padres se marcharon, fue entonces cuando encendí todas las luces
de la casa y llamé a mi primo para que pasara la noche conmigo. Él tenía la
misma edad que yo, y desde pequeños siempre habíamos tenido muy buena relación.
Al cabo de un rato llamó a la puerta:
-“Hola tío, ¿A qué viene esa cara? Traigo palomitas y películas,
seguro que pasaremos una buena noche”
-“Me encuentro un poco mal, es solo eso. Pasa, pasa, puedes
ir preparando las palomitas” Respondí.
La presencia de mi primo me hacía sentir un poco mejor. Sin
embargo, caía la noche, y cada vez me sentía más aterrado. Para colmo de males,
la película que decidió traer mi primo era “Silent Hill” según él, una de las películas
más terroríficas que había podido encontrar.
Entre los dos hicimos las palomitas y nos disponíamos a ver
la película cuando dijo:
-“Voy a apagar las luces, le dará mucha más emoción a la
película”
Yo me negué completamente, y le recordé mi miedo a la
oscuridad. Nos sentamos entonces cada uno en un sofá, y pusimos la película en
el reproductor de DVD.
A decir verdad, le película no daba tanto miedo como decía
mi primo. El mayor sobresalto llegó cuando se fue toda la luz de mi casa. Automáticamente,
yo me tendí en el sofá y me cubrí hasta arriba con la ropa de
camilla.
-“No te preocupes, habrán sido los plomillos. Voy a salir a
echarles un vistazo” Dijo mi primo.
Escuche como sus pasos se alejaban lentamente de mí y como
abría la puerta de mi casa.
Miré por la ventana pero no podía ver absolutamente
nada, las luces de la calle tampoco estaban encendidas. Estaba sólo en mi casa,
de noche y con todas las luces apagadas. Sin duda, una de mis peores
pesadillas.
Sin embargo, algo me despertó de mis pensamientos. Un grito
provenía de la calle. Parecía el de mi primo. Pedía auxilio. Era un grito
incesante que cada vez procedía desde más cerca. Ahora estaba dentro de mi casa.
El miedo se apoderó de mi por completo y no pude mover ni un
músculo. El grito cesó y yo seguía tendido en el sofá. Entonces pude distinguir
el sonido de unos pasos que se dirigían hacia el salón, hasta donde yo me
encontraba. Tenía los ojos cerrados y estaba tapado hasta la coronilla. Los
pasos de esa cosa se detuvieron justo delante de mí. Esto no podía ser verdad, debía ser un sueño.
Intentaba hacer el menor ruido posible para que aquello no se percatara de mi
presencia. Podía sentir su aliento, pero yo seguía sin abrir los ojos. Al cabo
de un rato que se me hizo eterno, aquel ser parecía abandonar el salón y
posteriormente la casa, pero yo seguía con los ojos cerrados. Así estuve hasta
que los rayos del sol atravesaban la ventana. Abrí entonces los ojos.
Aquello que había pasado no había sido un sueño, pues las
palomitas seguían encima de la mesa y mi primo no estaba a mi lado. Me puse de
píe y pude ver unas marcas de sangre en el suelo, se trataban de unas pisadas,
pero no unas pisadas de hombre, más bien parecían de animal. Estas pisadas procedían
del pasillo, y las seguí en un acto de valentía. Pensé entonces en mi primo,
por mi cobardía había estado expuesto al peligro durante la noche anterior, así
que ahora no podía fallarle, tenía que averiguar qué había pasado. Continué mi
camino hasta la puerta del baño, y al abrirla la estampa que me encontré fue
tan grotesca, que me temblaron las rodillas haciéndome caer y vomitar entre
sollozos. Allí estaba mi primo, o lo que quedaba de él. El cuerpo estaba
dividido en varias partes por el suelo, y en la pared, se podía leer “Nunca
dejes la puerta abierta…”.







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